miércoles, 23 de agosto de 2017

Sábado en el cardonal.

La piña, el jengibre, la bolsa de tela cara comprada en el supermercado, que no promueve cambios, sino que abarca otro tipo de público.
El cielo azul, las nubes blancas como algodón, que anuncian la primavera. El viejito en su triciclo, con los boleros que suenan para todo el exterior cercano al mercado y el auto con aquella mujer teñida de rubio, que a la pasada canta con entusiasmo el bolero. Todo converge en un mismo lugar; los autos, los peatones, los vendedores, el ruido, las gaviotas. Me siento feliz, la experiencia estética me cobija y pienso que tal vez sea uno de mis motores en la vida.
Siempre veo como desde una película, en primera persona, yo me vuelvo cámara y quisiera compartir con el mundo aquello.
Sin embargo, vuelvo al momento, y no sólo la vista te hacer ser parte del instante,  no sólo soy espectadora, porque el olor a orina inunda la cuadra completa y te recuerda que eres parte del todo.
El caos reina; las personas se amontonan, se tropiezan, empujan. Las tantas frutas y verduras frescas que van ordenadas e intentan seducir a los posibles clientes, logran apilarse con más armonía que nosotros.
Quise entrar a observar el interior del mercado, un wanderino grita fuerte, tres veces consecutivas "¡Se pasó el enojo!". Los feriantes están alegres, su alegría de provincia orgullosa se manifiesta en sus sonrisas y me recuerda a mi ciudad y los vínculo que nunca logré tener con ella. Era lo mismo, sólo que sus camisetas eran de otro color y habían pequeñas diferencias culturales entre las personas de mi ciudad y de la gente del puerto.
Noté al salir de dentro del mercado que muchas personas solían gritar una misma frase repetidas veces y no precisamente, relacionadas con el partido de fútbol.
Me vine despacio a la casa, con la bolsa de género con sus hilos tensados por mis manos, con mi vieja que daba ordenes, como cualquier día de feria para ella y con el bolero que a cada paso mío sonaba más lejano, hasta desaparecer de mis oídos.