martes, 20 de noviembre de 2018

Esas mañanas.-

En la falda del cerro me quedé pensando si me iba a pie o en locomoción. Estaba de pie, quieta, la gente pasaba por mi lado. Me sentía rara, porque nadie se para sólo para ponerse a dudar un rato. 
Caminé. 

Recorrí un poco más arriba, busqué el ascensor, porque siempre vienen bien las trampas, dentro de cualquier camino. Siempre ayudan y además, en este caso, te hacen sentir como una turista, aunque también podría haberme consumido en apatía, aparentando dicho acto como un quehacer cotidiano. Más no lo era. Había usado el ascensor Victoria sólo cuando andaba paseando, en tiempos pasados y la rutina aún es demasiado nueva como para revestirla de tedio. 
Intenté disfrutar la subida, a pesar que días previos había llegado a la conclusión de que la vista de mi habitación-hogar nuevo es tan superior, que ya poco me impresionan otros lugares específicos del puerto. 

A la salida del ascensor: "bonasera(sic) mi reina". Me río internamente e ironizó con mi apariencia de mujer kiltra chilena.  
Avanzo mientras a lo lejos seguía escuchando al extraño que saludaba a los extranjeros "bonasera"(sic). Una tipa me mira y decido que es momento de dejar de sonreír, para que no pensara que me burlaba de ella. 

Seguí recorriendo más arriba, rumbo a casa. Cansada, enferma, pero deseosa de caminar y familiarizarme con mis caminos cotidianos de estos días. El sol pegaba fuerte, la ruta cuesta arriba  se volvía más extenuante, y yo no me presionaba para ir más rápido. Intentaba darme calma y decirme que disfrutara, que no había apuro, ni nadie que me estuviera esperando. Miraba los lugares en busca de una panadería, intentaba buscar algo de barrio, algo con identidad, algo genuino, algo feo. Sólo veía extranjeros mezclados con uno que otro chileno.
Me fijaba en los detalles de las estructuras materiales, arquitectónicas, más que en cualquier otra cosa. 
La tarea interna es repetir o mirar tantas veces como sea posible los mismos sitios. Mirar los detalles y repetir, y repetir, descubriendo cosas nuevas que empiece a internalizar, hasta el punto de cerrar los ojos y poder ver el lugar. De saber que "algo" queda para allá y "aquello" se encuentra a la vuelta de la esquina. 

No dejo de verlo como un paseo. De golpe, los recuerdos malos vienen a mi. Todo me recuerda a él y lo único que me dice mi voz interior, es que ya debo dejar esta ciudad. Ese huracán dejó muchos daños, es hora de irse. Aunque la lucha está siempre. Debo ser fuerte, me recuerdo, porque dentro de todo el vacío aún soy capaz de amar mi entorno y abrazar este lugar. Sin embargo, es difícil dejar de asociar lugares con personas. Para las mentes más capitalizadas eso es fácil, lo desechable se consume y se desecha, para renovar eso (donde persona y cosas son tratadas de la misma manera) que suple una necesidad propia (egoísta) de un momento especifico y sus propias carencias, pero una es distinta. Una se apega, repara, ama lo bonito, pero también ama las grietas, la "fealdad". 

Camino más arriba, luego de comprar para la once, veo una pareja de gringos, un par de gente vieja, felices paseando, de apariencia casi igual, altos y canosos. Repentinamente todo me parece falso. Esto no es verdad, me repetí un par de veces. Todo esto que está frente mi no es real, así no es Valparaíso, esto no es Valparaíso. 
Esta gente que veo no es Valparaíso. Esa belleza, esos colores, ese intento de pulcritud, de ser mejor que otros cerros vecinos. De ser lo presentable y la cara bonita para quienes vienen de afuera. Esto es una mentira. Me siento acalorada, me quito el chaleco y voy con cuidado, porque no me depilé para estar presentable para las visitas, no me preocupe de estar bonita para su foto del paisaje. Es más, iba aún más cansada y con esa sensación de enfermedad; impresentable. Dejé de ser Truman por un instante. Al rato, recordé que vivo un lugar gentrificado o en vías a serlo.

Ya en casa me puse a leer un trabajo que hice hace algún tiempo para la universidad, sobre la gentrificación y boutiquización en Valparaíso. Estoy dentro del objeto de estudio. Soy parte de la farsa. 
Termino de leer el documento y de cierta forma, me siento culpable. 

Estoy en mi pieza, miro por la ventana, alejando ya esa culpa, y tengo esa sensación de estar donde siempre quise. En el escenario en que me imaginación me ponía siempre: una vista hermosa e inigualable, yo tranquila, sola, tomándome un té y con mi mente en los estudios. 

Siento el susurro que hace algún tiempo dice "cuidado con lo que deseas" (porque he ido notando que muchas veces se cumple, a menos que sean imágenes mentales que llegan como pistas intuitivas del porvenir). Me siento agradecida, muy agradecida de la vista, de mi pieza, pero me siento muy sola. Anoche pensaba en el suicidio y esa sensación de vacío y de nada que se logra hacer espacio en el estómago. Se manifiesta como el amor, pero de la manera más opuesta que alguien se pueda imaginar. Es esa tristeza que se vuelve tan voraz, que empieza a ser sensorial y se hace cada vez más grande.  Leo el párrafo anterior, sabiendo desde ya que nunca me visualicé compartiendo esa vista con alguien y ahora, más que culpable, me siento torpe. No me costaba nada poner a alguien a mi lado, sonriendo, siendo cómplice, compañero. 

Es como cuando escuché el "ándate conmigo". Que lo había escuchado tantas veces en mi imaginación. Que siempre lo quise escuchar. Siempre quise que alguien me lo dijera. Siempre lo deseé, pero ven de nuevo... uno no contextualiza y los deseos salen azarosos a cumplirse.  Sin embargo, no era el momento, no sé si decir "no era la persona", pero yo no pude simplemente decir "bueno. Vayámonos". Aún así dije que si, sabiendo que era un no. Por eso digo que hay que tener cuidado, porque la gracia de desear algo tanto, es entregarse a ello. 

Valparaíso es más que todo esta mentira pulcra que vi de camino a casa. Valparaíso está roto y deteriorado, igual que yo. Pero brilla con luz propia y tiene un encanto mágico, a diferencia mía, aquellos días en que no me valoro. 
Y cada lugar de este puerto va desarrollando sus propias peculiaridades. Del cerro playa ancha yo me pase a caleta portales, llegué a Pedro Montt y me fui por desamor. Te fuiste a cerro alegre ... 
Yo me aleje de ti puerto querido, y al retornar de nuevo, te vuelvo a contemplar.